Puntos porteños

El algoritmo del poder: Javier Milei y su gobierno desde X

¿Qué sucede cuando un Jefe de Estado decide que la principal trinchera de su gobierno no es un despacho en la Casa Rosada, sino una pantalla de celular? Cuando un presidente dedica una cuarta parte de su jornada activa a interactuar en una red social, cabe preguntarse si estamos ante una nueva forma de democracia directa o ante una peligrosa fragmentación de la autoridad institucional. Javier Milei ha convertido el “scrolleo” en una herramienta de ejercicio de poder, pero esa misma herramienta, que lo llevó a la cima, hoy muestra grietas que podrían transformar su mayor fortaleza en su principal lastre político.

La métrica de una gestión intermitente

Formalmente, la actividad del presidente en la plataforma X (ex Twitter) ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un dato de auditoría política. Según registros de su propia gestión, en días de alta tensión, Milei puede superar las 400 interacciones diarias. El desglose técnico revela una inversión de tiempo que impacta directamente en la agenda pública: entre posteos originales, respuestas y el simple acto de navegar la red para seleccionar contenido, el mandatario consume entre 2 y 3 horas diarias de su tiempo activo.

Este volumen de actividad no es delegado. El patrón horario, que se concentra fuertemente entre las 6:00 y las 8:00 AM y después de las 10:00 PM, confirma que es el propio Milei quien maneja su cuenta, sin la mediación de un Community Manager. Si consideramos una jornada laboral de 12 horas, el 25% del tiempo presidencial está volcado a la batalla cultural digital. No es solo ocio; para este esquema de poder, comunicar es gobernar, y el dispositivo móvil es el cetro con el que se marca el ritmo de la narrativa nacional.

Análisis de intenciones: La agresión como doctrina

¿Por qué un presidente elige la confrontación directa y el insulto en lugar de la solemnidad del cargo? La respuesta reside en una estrategia de “disrupción como gestión”. Al eliminar la asimetría institucional y responderle directamente a usuarios comunes o celebridades, Milei se presenta como un “usuario más” que pelea por sus ideas, reforzando una imagen de autenticidad que en 2023 canalizó el hartazgo social. Su tono no es accidental: es una herramienta de dominio de la agenda que busca polarizar el mundo entre “la casta” y los “argentinos de bien”.

Detrás de cada posteo opera lo que se denomina el “ejército digital”. Los comentarios en sus publicaciones funcionan como un validador social y, fundamentalmente, como un mecanismo de disciplina política. Cuando el Presidente señala a un objetivo, sus seguidores activan el “ataque en manada”, un hostigamiento coordinado que busca silenciar las voces críticas mediante el temor a las represalias digitales. En este ecosistema, la agresión ya no es vista como violencia, sino que es celebrada por su núcleo duro como un acto de “sinceridad” o “coraje”.

El efecto boomerang

Sin embargo, lo que funcionó para ganar una elección presenta vulnerabilidades críticas al momento de gestionar un país. Existe un riesgo latente de lo que los analistas llaman el “Efecto Boomerang”. El desgaste de la novedad es real: lo que antes se percibía como disruptivo hoy puede empezar a verse como infantil o innecesario frente a problemas económicos reales. Si la inflación o el desempleo no acompañan, el ciudadano promedio dejará de ver los posteos agresivos como una lucha contra la casta y empezará a verlos como una distracción ante la falta de soluciones.

Además, la polarización constante tiene un techo electoral. Mientras el estilo Milei consolida al núcleo duro del 30%, tiende a alejar al votante moderado que lo apoyó en el balotaje buscando estabilidad y no una hostilidad institucional permanente. La institucionalización del odio genera una saturación social que, de trasladarse a la convivencia diaria, podría dinamitar las posibilidades del oficialismo en futuras contiendas legislativas.

El costo

Lo que la narrativa oficial oculta deliberadamente es el costo cognitivo de la “atención fragmentada”. Estar pendiente de una pantalla cada 15 minutos implica un constante cambio de contexto que fragmenta la reflexión profunda necesaria para un jefe de Estado. No se dice que, mientras el Presidente está inmerso en la batalla digital, gran parte de sus reuniones y momentos de decisión están mediadas por el consumo de redes, lo que sugiere una gestión capturada por el algoritmo de atención inmediata más que por una visión de largo plazo.

Es la economia, estupidos?

La gran incógnita que queda flotando es cuánto tiempo más podrá el relato digital sostener la realidad política si la economía se estanca. ¿Es la agresividad un signo de poder o una señal de desesperación?. En las próximas semanas, habrá que monitorear si el Presidente modera su tono ante el desgaste de su imagen en sectores moderados o si, por el contrario, decide redoblar la apuesta digital como último refugio de su autoridad. Por ahora, el 25% del tiempo del país se juega en un “Me gusta”, y eso es una apuesta de alto riesgo en un tablero que siempre, tarde o temprano, exige resultados tangibles más allá de los retweets.

Julian Sosa

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