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El ultimo pogo eterno

La noticia que el rock argentino jamás quiso escuchar llegó para sellar el fin de una era y el nacimiento definitivo de un mito. La partida física de Carlos Alberto “El Indio” Solari deja un vacío inconmensurable, pero su legado ya está grabado a fuego en la identidad cultural del país. El hombre que comandó las mayores misas de la historia de la música popular se despidió, dejando huérfanas a varias generaciones de fieles.

Ante el impacto de la noticia, la reacción popular fue inmediata. No hubo convocatorias oficiales, solo el impulso del sentimiento. En plazas de todo el país y en las inmediaciones de los lugares más emblemáticos de su carrera, miles de personas se congregaron de manera espontánea. Lejos de la desesperación o los desmanes, el encuentro se tiñó de una atmósfera profundamente cálida y respetuosa. Con banderas, guitarras y lágrimas contenidas, la multitud se unió en un abrazo colectivo que funcionó como un refugio ante el dolor.

La incertidumbre sobre el último adiós formal sumó una mística única a la jornada: se ha confirmado que la despedida final será este domingo, pero se anunció que no habrá un lugar físicamente designado para el sepelio o el velatorio público. Ante la falta de un espacio oficial, la consigna tácita entre la marea de seguidores es convertir cada plaza, cada esquina y cada rincón del país en un altar propio. La decisión, fiel al histórico hermetismo del artista, transforma el duelo en un ritual descentralizado y puramente espiritual.

A lo largo y ancho de la Argentina, el mapa del dolor se transformó en un mapa de agradecimiento y celebración de su vida. En Tandil, Olavarría, Mendoza y Gualeguaychú —ciudades que supieron albergar sus multitudinarias misas solistas— los vecinos y fanáticos locales se acercaron a los predios ferroviarios y autódromos transformados en santuarios improvisados. La mítica esquina de las calles San Martín y Uruguay en la ciudad de La Plata, cuna de los primeros pasos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, se cubrió de flores, velas y cartas escritas a mano por jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando la banda se separó, demostrando que su mística atravesó las barreras del tiempo. En Córdoba, la zona del Estadio Mario Alberto Kempes se iluminó con las luces de miles de teléfonos mientras por los parlantes de autos estacionados sonaban sus canciones en un respetuoso coro comunitario.

“Se siente una tristeza enorme, pero también un orgullo gigante de haber vivido en su misma época. El Indio nos enseñó a ser libres y a cuidarnos entre nosotros”, expresaba conmovido por la emoción Julián (34), un fanático que se acercó a Plaza de Mayo con su hijo en hombros. Para muchos, Solari fue más que un músico. “Su poesía nos salvó. Nos dio una identidad en los momentos más difíciles del país. Hoy venimos a agradecerle en paz, como él siempre nos pidió”, sumaba Mariana (52), visiblemente emocionada entre la multitud. Esta madurez colectiva echó por tierra los viejos prejuicios que históricamente persiguieron a su masividad, demostrando que la empatía y el respeto mutuo eran las verdaderas consignas de sus seguidores.

Su legado artístico es indestructible. Junto a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y luego con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el Indio redefinió las reglas del arte independiente y la autogestión. Su obra combinó una lírica críptica, profunda y sociológica con melodías que se convirtieron en himnos de estadios.

Hoy, sus inolvidables frases resuenan con más fuerza que nunca en las gargantas de su gente, como mantras de resistencia: “Fijate de qué lado de la mecha te encontrás”, “Vivir solo cuesta vida”, o el premonitorio y eterno “Si no hay amor que no haya nada”. El Indio Solari se ha ido, pero el pogo más grande del mundo se mudó para siempre a la eternidad.

Jessica Gaglianone

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