Ayer, la ciudad volvió a teñirse de violeta y verde. Como cada 3 de junio desde hace once años, una marea humana de mujeres, lesbianas, travestis, trans, no binaries, niñes y varones aliados se adueñó de las avenidas centrales. No fue un aniversario más; fue un abrazo colectivo, un refugio necesario en tiempos complejos y un recordatorio ensordecedor de que el pacto de cuidado y la rabia organizada siguen más vivos que nunca.
Bajo la consigna central de defender los derechos conquistados y exigir presupuesto real para políticas de género, la marcha de Ni Una Menos demostró que, cuando la realidad apremia, la respuesta es siempre la comunidad.
La convocatoria superó las expectativas de las propias organizaciones de base. Se calcula que más de 150.000 personas se concentraron desde el mediodía en los alrededores del Congreso y marcharon pacífica pero firmemente hacia la plaza principal.
Familias enteras, estudiantes con carteles hechos a mano, trabajadoras de comedores populares y colectivos de artistas urbanos convirtieron el asfalto en un escenario de resistencia. El frío de la tarde no pudo contra el calor de los cantos compartidos y los abrazos de quienes se reconocen en la misma lucha.
Para entender la magnitud de lo vivido ayer, es imprescindible mirar hacia atrás. La historia de este movimiento se escribió con el dolor transformado en acción:
Ayer, las pancartas no solo llevaban nombres; llevaban exigencias concretas a los tres poderes del Estado. Los ejes principales de la jornada se centraron en:
El corazón de la marcha estuvo, como siempre, en las historias de quienes asisten. En los rostros de las pibas jóvenes con glitter en los ojos y en las miradas cansadas, pero firmes, de las Madres de Víctimas de Femicidios.
Mariela (42 años), mamá de una adolescente:
“Vengo con mi hija porque quiero que crezca libre, que no tenga miedo de caminar de noche por la calle. Estar acá nos da una fuerza tremenda, nos hace sentir que no estamos solas en las casas. El Ni Una Menos nos enseñó a cuidarnos entre nosotras”.
Sonia (58 años), referenta de un comedor comunitario:
“Hoy marchamos por la comida de los chicos, pero también porque en el barrio somos las primeras que alojamos a la vecina que sufre violencia. Necesitamos que el Estado nos escuche, no podemos sostener la vida sin recursos”.
Delfina (21 años), estudiante universitaria:
“Nos quieren convencer de que nuestros derechos son un privilegio, pero no vamos a dar ni un paso atrás. Venir acá es demostrar que el feminismo no es una moda, es una forma de defender la vida”.
Cuando cayó la noche, miles de velas y linternas de celulares se encendieron para iluminar la lectura del documento oficial. El aire se volvió unánime en un aplauso cerrado que duró varios minutos.
La marcha de ayer dejó en claro que el movimiento feminista en nuestra ciudad no es una estructura rígida, sino un tejido vivo, flexible y profundamente solidario. Frente a la crueldad y la indiferencia, la respuesta colectiva fue, una vez más, la ternura, el encuentro y la promesa inquebrantable de seguir marchando hasta que la utopía de vivir sin miedo se vuelva realidad.
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