La ciudad es mi laboratorio y mi musa; me pierdo en sus calles para rescatar crónicas que otros deciden ignorar. A veces, lo cotidiano nos hace perder de vista las notas que tenemos justo enfrente. Eso me pasó con mi amiga Silvana Solari, quien es scout desde hace muchísimos años y cuya historia me permitió ver el “lado B” de los grandes eventos porteños.
Mientras los medios cubrían la masividad de San Cayetano el pasado 7 de agosto, Silvana me contaba que se había acostado a las dos de la mañana tras acompañar la vigilia bajo un frío tremendo y mucho viento. Ella es dirigente y jefa de grupo en la organización USCA (Uniones Católicos Argentinos), y junto a otros grupos, se dividieron en comisiones para asistir a quienes esperaban por su fe. Según relata Silvana: “El servicio… consiste en asistir a las personas que están haciendo la cola… Asistirlos desde el saludo, desde preguntarle cómo está, desde acercarle algo caliente, un pedazo de una galletita, un pedazo de pan… para que sea más llevadera la espera”.
Existe un mito que tipifica a los scouts con la venta de galletitas o ayudando a ancianos a cruzar la calle, pero la realidad es mucho más profunda. Para Silvana, “ser scout es un estilo de vida”. Es una elección basada en valores y solidaridad donde se prioriza la necesidad del otro. Como ella misma define: “El fin común que buscamos es un mundo mejor. Aunque parezca una utopía… cada uno de nosotros aportamos nuestro granito de arena para que esto suceda”.
Este compromiso se vuelve tangible en zonas de alta vulnerabilidad social, como Villa Constructora en San Justo, donde Silvana desempeña su labor. Allí, la cuota mensual de 5 mil pesos apenas alcanza para cubrir seguros y la merienda, y muchas veces el dinero sale del bolsillo de los propios dirigentes. En este contexto, el movimiento deja de ser solo un grupo lúdico para convertirse en un espacio de contención emocional crítica. Silvana reflexiona sobre esta importancia: “A veces nosotros no nos damos cuenta la importancia que tiene, porque de repente somos el único abrazo que ese chico tiene en la semana, la oreja que lo escucha a sus problemas”.
El movimiento organiza a los niños y jóvenes en rangos etarios que van desde los Castores (5 a 7 años) hasta los Rovers (17 a 21 años). Pero también hay un espacio vital para los adultos, quienes pueden sumarse como ayudantes, dirigentes —tras un proceso de formación que culmina en el grado de Maestro Scout— o integrar el comité de padres que colabora con la logística y el mantenimiento.
Para Silvana, el éxito de esta “semillita” que plantan se ve años después, cuando se encuentra con un antiguo alumno que hoy es un hombre de bien. Ante las críticas de quienes no entienden por qué adultos visten pantalones cortos o dedican su tiempo a esto, ella responde con la seguridad de quien sabe que su labor trasciende: “A mí realmente no me importa lo que digan de mí. Yo soy feliz así, soy feliz sabiendo que estoy ayudando a un chico a darse cuenta que es importante en la vida”.
Escribir es la única manera que conozco para no olvidar estas historias de honestidad brutal y entrega desinteresada. Los invito a mirar a estos grupos con ojos empáticos, reconociendo que su compromiso es una respuesta poderosa ante realidades hostiles.
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