Puntos de vista

Por la última de Leo

Nosotros somos una raza rarísima. Nos pasamos la vida buscando explicaciones lógicas a cosas que se sienten con la panza, y cuando la realidad nos da un cachetazo de cordura, preferimos mirar para otro lado. Lo que pasó el miércoles contra Inglaterra no tiene pies ni cabeza. Íbamos perdiendo a falta de cinco minutos, las piernas pesaban como si arrastráramos bolsas de cemento, los ingleses ya saboreaban esa revancha histórica que nos tienen atragantada desde el ochenta y seis… y de repente, pum. Un zapatazo de Enzo Fernández, un centro quirúrgico del tipo que nos hizo felices toda la vida, el frentazo de Lautaro y a otra cosa. Victoria 2-1. Otra vez a la final. La rutina de lo extraordinario, le dicen.

Esa locura colectiva no se quedó atrapada en el cemento de Atlanta. Cruzó el mapa y se instaló en el asfalto porteño. Más de 235.000 personas ya pasaron por las plazas y parques de la Ciudad desde que empezó este bendito Mundial. El miércoles, Plaza Seeber en Palermo y Parque Los Andes en Chacarita no eran espacios públicos; eran templos de desahogo. Desconocidos abrazándose, nenes arriba de los hombros de tipos que lloraban en silencio, abuelos compartiendo el mate con el corazón en la boca. Familias enteras empujando con los ojos fijos en las pantallas gigantes. Una marea humana latiendo bajo el mismo pulso, ese que dicta que a la Scaloneta nunca, pero nunca, hay que darla por muerta.

Ahora se viene el domingo. Y el cuerpo lo sabe porque tiene ese frío raro en el estómago que solo aparece antes de las grandes citas. La final contra España no es un partido más. Si el duelo con Inglaterra estuvo teñido de esa mística casi literaria, de barro, épica y cuentas pendientes, lo de España tiene una connotación de ajedrez estético. Es el choque contra el viejo mundo, contra el fútbol pulcro, contra los herederos del pase corto y la posesión estéril. Pero a nosotros no nos asustan los manuales de estrategia; nosotros jugamos con el corazón en la mano y un tipo que desafía la física cada vez que frena el tiempo.

Y ahí es donde la garganta se cierra. El domingo será, de manera oficial, el último partido de Lionel Messi en un Mundial. Cuesta escribirlo. Cuesta procesar que el pibe que nos enseñó a no renunciar nunca va a morder el último bocado de gloria mundialista. Es el fin de una era que nos cambió la vida, que nos rescató de la amargura y nos devolvió la capacidad de creer. No le podemos pedir nada más, ya nos dio todo lo que un mortal puede soportar sin volverse loco. Pero ahí va él, una vez más, guiando a la manada.

Para los que no tenemos la suerte de estar en el estadio, la Ciudad vuelve a abrir sus puertas para que nadie sufra en soledad. La cita de honor es en los Fan Fest oficiales. Plaza Seeber y Parque Los Andes van a volver a transformarse en el living de nuestra casa, pero con miles de hermanos de camiseta alrededor. Hay que ir. Hay que llevar la reposera, la cábala innegociable y los ojos bien abiertos. No se queden encerrados. El domingo a las 16:00 hay que salir a la calle a mirar el cielo o la pantalla, a alentar a este grupo de locos lindos y, sobre todo, a regalarle el aplauso más largo de la historia al diez. Porque pase lo que pase, ya somos eternos.

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