¿En qué momento el sistema de salud decidió que el dolor era un requisito para la maternidad pública mientras que en el sector privado era un trámite de anestesia? Cuando un derecho básico se convierte en un “lujo” dependiendo de la billetera del paciente, la política suele llegar tarde con un discurso de reparación que, aunque necesario, revela una desigualdad estructural que la Ciudad de Buenos Aires arrastró por décadas. La reciente reunión conjunta de las comisiones de Salud, Presupuesto y Mujer en la Legislatura porteña para tratar la modificación de la Ley de Parto Respetado no es solo un avance médico; es la admisión de que, hasta hoy, el Estado obligaba a elegir entre una cirugía mayor (cesárea) o el sufrimiento físico extremo.
El hecho y los números del quirófano
Formalmente, el proyecto impulsado por la diputada Claudia Negri busca modificar la Ley 6365 para garantizar el acceso a la analgesia peridural a toda persona gestante que lo solicite en el sistema público. La medida se apoya en un dato alarmante: en la Ciudad, el índice de cesáreas supera el 50%, un número que duplica o triplica lo recomendado por organismos internacionales. La lógica médica expuesta por especialistas como el Dr. Leonardo Losada es demoledora: muchas mujeres eligen la cirugía no por necesidad clínica, sino por el “miedo al dolor” ante la falta de alternativas analgésicas en el parto natural.
Desde el punto de vista contable, la apuesta es ambiciosa. Una cesárea tiene un costo operativo un 40% superior al de un parto convencional. Si la ley logra reducir ese índice mediante la oferta de anestesia peridural, el sistema no solo ganaría en salud —evitando cirugías mayores y reduciendo la necesidad de transfusiones de sangre— sino que también optimizaría el gasto público. El protocolo ya se testeó en la Maternidad Sardá desde diciembre de 2025, y el plan es replicarlo en las otras 11 maternidades del sistema porteño.
Entre la equidad y el cálculo político
¿Por qué esta ley llega ahora y de forma unánime? El consenso alcanzado en las comisiones —donde convivieron desde el bloque oficialista hasta el kirchnerismo y el liberalismo— sugiere que el tema ya era “indignante” para el sentido común. Sin embargo, la política rara vez se mueve solo por indignación. Hay una crisis de natalidad de fondo y una necesidad de mostrar gestión en salud en un contexto de recortes. Al presentar la analgesia como un derecho de “equidad”, el gobierno de la Ciudad intenta cerrar la brecha con el sector privado, donde la peridural se paga aparte o se cubre mediante prepagas, dejando a las mujeres más vulnerables en una situación de violencia obstétrica institucionalizada.
La diputada Negri, con su pasado como partera en hospitales públicos, conoce bien la mística del “parirás con dolor” que el sistema ha dignificado erróneamente. Pero detrás de la épica del derecho, asoma el cálculo presupuestario. Al protocolizar la anestesia “hospital por hospital”, el Ejecutivo busca una implementación gradual que no dispare el gasto de inmediato, sino que se diluya en la compra de insumos faltantes y la organización de los equipos.
Consecuencias y el riesgo de la “letra muerta”
El impacto real de esta ley dependerá exclusivamente de la dotación de anestesiólogos las 24 horas. Es aquí donde el proyecto original sufrió modificaciones: se eliminó la obligatoriedad de guardias de anestesia de 24 horas para dejarlo sujeto a la reglamentación del Poder Ejecutivo. Este es el punto ciego de la medida. Sin profesionales disponibles en cada turno, el derecho a “elegir” parir sin dolor seguirá siendo una cuestión de suerte o de “buena voluntad” del médico de turno, tal como ocurría hasta ahora de forma informal.
Además, la ley genera una fricción necesaria en el sistema: obliga a las maternidades a reorganizar sus circuitos internos y a desmedicalizar el trato humano mientras se medicaliza el alivio del dolor. Si el índice de cesáreas no baja en los próximos meses, la ley habrá fallado en su promesa de eficiencia económica y solo quedará como un acto de reparación simbólica.
La falta de sangre y el personal al límite
Lo que el debate en comisiones dejó entrever pero no profundizó es la fragilidad del sistema de soporte. Se mencionó que este mismo lunes se suspendieron cirugías en hospitales porteños por falta de sangre tras un fin de semana largo. En ese escenario, prometer un servicio de anestesia universal requiere una logística de insumos y recursos humanos que hoy está al límite. Tampoco se habló del costo político de enfrentar a los sectores que consideran que esto es una “gasto innecesario” en tiempos de ajuste, ocultando que el costo de la desidia —en términos de complicaciones postquirúrgicas por cesáreas innecesarias— es mucho mayor.
La Legislatura dio un paso histórico, pero la verdadera batalla comienza en la reglamentación de Jorge Macri. ¿Habrá presupuesto real para que en los 12 hospitales de la Ciudad haya un anestesiólogo listo a las 3 de la mañana para una paciente que no puede pagar una clínica privada?. En 90 días, cuando los protocolos deban estar en marcha, sabremos si estamos ante una revolución en la forma de nacer o ante otro derecho que solo existe en el papel mientras los gritos de dolor siguen resonando en los pasillos públicos.
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