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Desafío: Salir de una toma

“La historia vivida es mucho más rica e interpela mucho más que la historia solamente escrita”
“La Toma”: el proyecto cultural y educativo de Mataderos que transforma un hito obrero en una sala de escape
Daniel, Sofía y Jazmín: los protagonistas detrás de la trinchera lúdica que rescata la memoria de 1959
Cómo el juego, el compromiso de un docente y el empuje de jóvenes exalumnas derrotan al olvido escolar en las aulas del sur


La radio me enseñó hace tiempo que el silencio es solo una pausa necesaria para tomar aire. Como mujer de éter y periodista que prefiere la verdad desnuda, el cinismo justo y la calidez necesaria, entiendo que mi compromiso es con la historia y jamás con el ruido. La ciudad es mi laboratorio y me pierdo en sus calles para rescatar crónicas que otros deciden ignorar de manera sistemática. Por eso hoy mi señal viaja directo a Mataderos, donde un grupo de jóvenes y un docente han levantado una hermosa y atípica trinchera contra la desmemoria. No lo hacen con un solemne tratado académico que a los pibes les quede grande, sino a través del juego. Su proyecto se llama “La Toma”, una sala de escape cultural, comunitaria y gratuita que revive la gesta del Frigorífico Lisandro de la Torre en enero de 1959.

Daniel: el ideólogo que aprende de sus alumnos

El corazón de este proyecto late gracias a sus protagonistas, y el motor inicial es Daniel, docente de Lengua y Literatura en el colegio San Felipe Neri y director de estudios en el Instituto Misericordia. Coordinador, creador e ideólogo de la propuesta, Daniel venía trabajando el formato de las salas de escape de manera manual dentro de su materia escolar. Cuando se propuso diseñar un proyecto para Mataderos, supo que debía centrarse en un hecho identitario fundamental del barrio. Así nació la idea de llevar la historia del frigorífico a la currícula lúdica de materias como Formación Ética y Ciudadana, abordando los derechos de los trabajadores y la identidad territorial en chicos de sexto y séptimo grado de primaria, y primer y segundo año de secundaria.

Para Daniel, el mayor orgullo de esta aventura no es solo el diseño pedagógico, sino el equipo que logró consolidar, compuesto en gran parte por sus exalumnas. “Llega un momento donde aprendo yo de ellos un montón”, confiesa con emoción al ver el compromiso profesional y humano de quienes alguna vez se sentaron en sus aulas. Esa sinergia transformó una idea escolar en un equipo consolidado de entre 8 y 10 personas, apoyado por una red de más de 15 voluntarios listos para guiar la experiencia.

Sofía: la sociología al servicio del archivo oral

La rigurosidad histórica de la sala de escape recae sobre Sofía, estudiante de Sociología que encontró en “La Toma” el puente perfecto para pasar de la teoría académica a la práctica comunitaria. Su rol es la recuperación histórica, el trabajo minucioso con la cronología de los hechos y la recopilación de testimonios.

Uno de los hitos de su investigación fue entrevistar al hijo de Sebastián Borro, el mítico dirigente sindical que encabezó la huelga y ocupación del frigorífico en 1959. “Siempre estuvo muy predispuesto a responder nuestras preguntas… las preguntas siempre son un disparador para que la persona hable un poco de lo que le remite, de lo que necesita soltar”, relata Sofía. Además de blindar el contenido histórico de la sala, ella es la encargada de articular la agenda con las escuelas que visitarán la propuesta, un eslabón clave para asegurar que los pibes de 12 y 13 años —que muchas veces no tienen noción de lo que es una toma o el frigorífico— se conecten con la memoria del suelo que pisan.

Jazmín: la matemática con sensibilidad social

Por su parte, Jazmín aporta una combinación inusual pero indispensable para el proyecto. Aunque estudia para contadora pública —un perfil de números que resulta vital para ordenar la compleja papelería y rendición burocrática que exige el programa de Mecenazgo Cultural—, siempre ha mantenido una profunda vocación humana, social y educativa.

Su tarea principal ha sido estructurar el recorrido de la sala, diseñando los enigmas y pistas para que el contexto histórico adquiera la identidad necesaria y no se sienta ajeno para el jugador. Jazmín destaca la riqueza de esta diversidad interna en el equipo de trabajo: “Nos une algo que es la educación, nos une la historia, nos une el interés, y las ganas de hacer algo nuevo, y hacer algo para los demás. Y eso es totalmente independiente de lo que uno elija para estudiar”. Ella, junto a Daniel, fue la encargada de incorporar tecnología a la sala —un salto complejo respecto a los tradicionales candados físicos— y de entrenarse en salas comerciales como “Escape Obligado” para pulir los sistemas de intercomunicación por walkie-talkie.

La misión lúdica: meterse en la piel de los obreros

Para que el proyecto cumpla su objetivo pedagógico, los visitantes de la sala no son simples espectadores; ingresan caracterizados como “volvereros” y obreros del frigorífico en pleno enero de 1959. El juego, diseñado para grupos de hasta 10 chicos o un promedio de 7 a 8 adultos, los sumerge en la tensión de la huelga contra la privatización firmada bajo el gobierno de Arturo Frondizi.

La misión contrarreloj de los jugadores recrea dos hechos verídicos y cruciales de la resistencia obrera:

  1. Destruir la lista de afiliados al sindicato: Los participantes deben localizar y triturar los registros antes de que la policía ingrese a la planta y los utilice para buscar a los trabajadores en sus domicilios particulares para encarcelarlos.
  2. Soltar el ganado: Deben resolver las claves para abrir las compuertas y liberar a los animales, una estrategia real de los huelguistas para generar desorden en las calles de Mataderos y retrasar el avance de las fuerzas represivas, que finalmente ingresaron con tanques Sherman.

La ambientación de las habitaciones juega un papel fundamental para trasladar a los participantes en el tiempo. Los enigmas combinan la lógica protocolar de las oficinas de la época con guiños entrañables a la identidad cultural del barrio, incorporando referencias al tradicional bar El Cedrón, al boxeador Justo Suárez y al club Nueva Chicago de aquellos años.

Una construcción colectiva y sin costo

La viabilidad de “La Toma” es un ejemplo de cómo se teje la solidaridad barrial. El espacio físico fue montado en la Casa San José (Font Rouge 2865), un lugar perteneciente al Instituto Misericordia y a la parroquia local que fue cedido generosamente por el párroco, el padre Gustavo.

Para garantizar que las escuelas públicas de la zona —muchas veces con recursos limitados— puedan acceder sin barreras, los coordinadores decidieron que la propuesta fuera de acceso completamente gratuito. Esto se logró gracias al financiamiento y acompañamiento del programa Mecenazgo Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, una herramienta que Daniel destaca por las oportunidades que brinda a proyectos disruptivos en la zona sur.

La sala de escape estará abierta del 1 al 21 de septiembre de 2026. Aunque la agenda de los días hábiles está casi colmada por contingentes escolares, los días sábados y el feriado escolar del 11 de septiembre la propuesta se abrirá al público general. Daniel, Sofía y Jazmín extienden una invitación muy especial a los vecinos mayores, hijos y nietos de los protagonistas de la gesta de 1959. Es la oportunidad de que esas anécdotas que se cuentan en las mesas navideñas cobren vida, permitiendo que las familias jueguen juntas y entiendan, en carne propia, el valor de defender lo que es de uno y de la comunidad. Quienes deseen reservar su lugar pueden escribir a latomasaladeescape@gmail.com o contactar al Instagram @latoma.escape.

Escribir es la única manera que conozco para no olvidar el mundo. Y ver a estos jóvenes usar el juego para que las nuevas generaciones empaticen con el valor del trabajo y la dignidad obrera me confirma que la adversidad jamás apagará nuestra señal si decidimos transmitir nuestra memoria con más potencia y mejor definición.


Jessica Gaglianone

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