El fuego de la memoria

Bajo el cielo de mayo, el resplandor de las antorchas volvió a trazar un puente de fe y militancia. En una nueva conmemoración del sacrificio del Padre Carlos Mugica, la comunidad se movilizó en una emotiva marcha que unió los barrios de Mataderos y Villa Luro, siguiendo el rastro de un hombre que decidió fundirse con su pueblo hasta las últimas consecuencias.

Un Camino de Entrega

La columna de luz partió desde Mataderos, atravesando las calles que Mugica recorría con su palabra y su acción, para culminar en las puertas de la iglesia de San Francisco Solano, en Villa Luro. Fue allí donde, aquel fatídico 11 de mayo de 1974, el referente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) fue asesinado a balazos, transformando su vida en un símbolo eterno de la lucha por los más humildes.

Mugica no fue solo un sacerdote; fue un vecino más que entendió que el Evangelio se predica desde el barro y la justicia social. Como referente inevitable de las villas de Buenos Aires, su misión era clara y su entrega, absoluta.

La Fuerza de una Convicción

A pesar de la persecución y de haber sufrido un atentado con bomba en 1971, su compromiso permaneció inquebrantable. Durante la marcha, los vecinos recordaron aquellas palabras que hoy resuenan como un faro:

“Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia luchando junto a los pobres por su liberación”.

Mugica sabía los riesgos que corría, pero su fe era más fuerte que el miedo. Él mismo había dejado escrita su entrega total al proyecto de Dios y de su pueblo: “Si el Señor me concede el privilegio que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición”.

El Barrio lo Abraza

La llegada a Villa Luro, al sitio de su martirio, no fue un acto de tristeza, sino de reafirmación. Las antorchas iluminaron los rostros de jóvenes y abuelos que mantienen viva su memoria. La marcha demostró que el Padre Carlos no murió aquel día; se multiplicó en cada comedor popular, en cada unidad básica y en cada vecino que pelea por la dignidad.

La jornada concluyó con el calor del encuentro comunitario, recordando que la verdadera fe es aquella que, como la de Mugica, se traduce en acción, compromiso y, por sobre todo, en un amor infinito por los últimos de la fila.

Jessica Gaglianone

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