Puntos porteños

Argentina 2026: 30 empresas cierran por día.

¿Es posible hablar de una “recuperación en V” o de un “ordenamiento macroeconómico” cuando las estadísticas frías muestran que el país pierde 30 empresas y 400 puestos de trabajo por día? La pregunta no es retórica, sino la base de una realidad que el discurso oficial suele encapsular en términos de “ajuste necesario”. Pero cuando se corre el velo de la narrativa gubernamental y se analizan los datos acumulados de los primeros 27 meses de la gestión de Javier Milei, lo que emerge es una radiografía del desguace sistemático del capital productivo y humano en la Argentina.

Formalmente, el último informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), basado en datos de la Seguridad Social hasta febrero de 2026, revela un escenario de contracción alarmante. Entre noviembre de 2023 —momento del triunfo electoral de La Libertad Avanza— y febrero de 2026, la cantidad de empleadores registrados en el país cayó de 512.357 a 487.920. Estamos hablando de la desaparición de 24.437 empresas. En términos de empleo, la herida es más profunda: se destruyeron 327.813 puestos de trabajo registrados en unidades productivas, lo que representa una caída del 3,33% del total del empleo formal.

Habitualmente, la política intenta explicar estos números como una “limpieza” de sectores ineficientes, pero el desglose por rubros cuenta una historia distinta. No se trata de sectores marginales. El área de Transporte y Almacenamiento es la más golpeada en términos de empleadores, con una pérdida de 6.193 empresas (un derrumbe relativo del 15,7%). Le siguen el Comercio (-5.794 empresas) y la Industria manufacturera (-3.073). En cuanto a los trabajadores, la Construcción lidera el ranking del desempleo con 75.238 puestos menos, víctima directa de la parálisis de la obra pública y la caída del consumo.

Aquí es donde el análisis de intenciones se vuelve crucial. ¿Qué se pretende lograr con un modelo que expulsa 434 trabajadores (si sumamos al sector privado y al de casas particulares) cada 24 horas?. El dato más revelador sobre la dinámica de poder actual es quiénes están cerrando y quiénes están despidiendo. El 99,71% de las empresas que cerraron son firmas de hasta 500 trabajadores; es decir, el golpe mortal lo está recibiendo la pequeña y mediana empresa, el histórico motor del empleo nacional. En cambio, las grandes empresas (más de 501 empleados) solo explican el 0,29% de los cierres. Sin embargo —y aquí aparece la omisión estratégica del discurso oficial—, estas grandes firmas son las responsables del 66,46% de los despidos totales (217.861 trabajadores menos).

Esto sugiere un patrón claro: mientras las pymes desaparecen por asfixia de costos y falta de demanda, las corporaciones más grandes están aprovechando el contexto de flexibilización y menor inversión para “limpiar” sus plantillas, reduciendo personal de manera masiva sin cerrar sus puertas. Es una transferencia de crisis hacia el eslabón más débil de la cadena: el trabajador y el pequeño comerciante de barrio.

Viste que otro indicador que nunca miente es el empleo en casas particulares. Este sector, que funciona como un termómetro sensible de la clase media, perdió 29.231 puestos de trabajo registrados. Cuando el hogar promedio ya no puede sostener una empleada doméstica, es porque el ajuste ya no toca “a la casta”, sino a la supervivencia cotidiana de la familia trabajadora, empujando a miles de personas hacia la informalidad y la pérdida de beneficios sociales.

Lo que no se dice en los despachos oficiales es que esta destrucción de empleo no es solo cuantitativa, sino cualitativa. La pérdida de puestos registrados no se traduce necesariamente en gente que deja de trabajar, sino en gente que pasa a trabajar “en negro”, sin jubilación, sin obra social y bajo condiciones de precariedad absoluta. El gobierno celebra la baja de la inflación por la recesión, pero omite deliberadamente el costo: un deterioro estructural de la estabilidad laboral que tardará décadas en revertirse.

Hacia adelante, el interrogante que queda flotando es cuánto más puede resistir el tejido social con este ritmo de erosión. Si el modelo sigue seleccionando como “perdedores” a la industria y al transporte, ¿qué base productiva quedará para sostener un crecimiento genuino más allá de la exportación de materias primas?. Habrá que monitorear si el flujo de despidos en las grandes empresas se detiene o si estamos ante una nueva fase de reestructuración que termine por consolidar una Argentina con empleo de subsistencia para las mayorías y rentabilidad concentrada para unos pocos.

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