Como está el barrio? Pregunta Larreta con su cuadernito
La reaparición de Horacio Rodríguez Larreta en Monte Castro: un cuaderno de quejas contra la gestión actual. “Lo que no podés es no dialogar, no poner la cara”, fustigó ante los reclamos de los vecinos por seguridad y clausuras. Crónica de una sutil campaña de demolición que busca capitalizar el descontento de la clase media porteña.
¿Qué busca un exjefe de Gobierno cuando decide, de lunes a sábado, seguir caminando el territorio porteño bajo un estricto perfil bajo? Para entender la reconfiguración del poder en la Ciudad de Buenos Aires no hay que mirar las gacetillas del oficialismo, sino las esquinas silenciosas de los barrios. El reciente encuentro de Horacio Rodríguez Larreta con vecinos en el centro de jubilados Doña Filomena de Monte Castro no fue un simple café de cortesía. Es el despliegue de una sutil pero demoledora campaña de contraste contra su sucesor, Jorge Macri. Allí, el exalcalde expuso un inventario de reclamos de la clase media que desnuda el “lado B” de la gestión actual: un comercio asfixiado por inspecciones punitivas, un retroceso en la seguridad barrial por la espectacularización policial y la parálisis silenciosa de las grandes obras de infraestructura.
El regreso del “cuadernito” y la catarsis de Monte Castro
La reunión vecinal, un formato que Larreta repite diariamente en distintas comunas, se transformó en un canalizador de la frustración comercial y ciudadana en un contexto macroeconómico hostil. Vecinos y comerciantes de Monte Castro expusieron un panorama de desplome en el consumo que se cruza con una política de fiscalización que definen como persecutoria y asfixiante.
La conversación se tensó rápido cuando los comerciantes locales denunciaron una ola de clausuras preventivas por parte de la Agencia de Control de la Ciudad. Un vecino resumió el drama con crudeza: “Para el comercio pareciera que nos están acogotando como para llevarnos a la muerte. Es como si nos estuvieran desangrando”. Los reclamos apuntaron a la rigidez del nuevo esquema de recolección de basura, que obliga a sacar los residuos en una franja de 19 a 21 horas, colisionando con los horarios comerciales de locales que cierran temprano o de restaurantes que extienden su servicio.
Larreta no dejó pasar la oportunidad para sintonizar con el reclamo y marcar su primera diferencia de fondo con la administración de Jorge Macri. “Están clausurando muchísimo los locales gastronómicos… buscando el pelo al huevo. Y donde en vez de darte un preaviso y decirte: ‘mirá, está este problema, tenés 15 días para solucionarlo’ de una manera constructiva, vienen y te clausuran”, criticó con dureza.
El contraste como estrategia de desgaste
Para descodificar el mensaje de Larreta en Monte Castro es necesario analizar el timing y el destinatario real. Tras su derrota en las primarias presidenciales de 2023, el exjefe de Gobierno inició un proceso de reconstrucción política que evita la estridencia mediática pero apuesta fuerte al cuerpo a cuerpo territorial. Su estrategia consiste en presentarse como el garante del “método de gestión” frente a lo que describe como la improvisación o la insensibilidad de la actual conducción.
Al criticar la rigidez de las clausuras o las multas a restaurantes que donan comida sobrante, Larreta busca diferenciarse tanto del Gobierno nacional de Javier Milei —del que sugirió, sin nombrarlo directamente, un festejo implícito por la caída de comercios— como del actual Gobierno porteño. Su argumento es metodológico: “Lo primero que tenemos que recuperar es esta manera de trabajar juntos… Lo que no podés es no dialogar, no poner la cara”. El larretismo residual busca construir la imagen de un administrador empático, con libreta en mano, frente a un Jorge Macri al que se le achaca gobernar desde el escritorio y la espectacularidad visual.
El negocio del control vs. la contención social
La discusión sobre el espacio público en el encuentro de Monte Castro ventiló una de las mayores tensiones de la actual gestión del PRO en la Ciudad: el equilibrio entre el orden y la contención de los sectores vulnerables. La queja de los comerciantes no solo apuntó a las pérdidas por las clausuras preventivas —que pueden durar hasta una semana y quebrar a un negocio mediano que sostiene “10 o 12 puestos de trabajo”—, sino también a la falta de sensibilidad social frente al incremento de la pobreza de la calle.
En este punto, Larreta lanzó una de sus críticas más ácidas al referirse a la política de desalojo y control que implementa la Ciudad, cruzándola con el despliegue de las fuerzas de seguridad. “Cuando ustedes ven seis policías alrededor de uno vendiendo paltas, imagínense las esquinas del barrio de donde los sacaron, porque de algún lugar salen”, analizó con precisión, desarmando la lógica de los operativos fotogénicos. Para el exalcalde, el recurso policial se está dilapidando en la espectacularización mediática en detrimento de la prevención real: “Hacen un megaoperativo para la televisión, entrando a las villas de la ciudad, donde después de mandar no sé, 400 policías, terminan metiendo presos a dos porque no tienen documento… con el jefe de gobierno que no delega. Bueno, ahí tenés donde están los policías”.
Este posicionamiento crítico también se extendió a la sensible problemática de la gente en situación de calle. Mientras los vecinos manifestaban que la cantidad de personas durmiendo a la intemperie es “increíble” y “una cosa de locos”, Larreta fustigó la decisión oficial de confrontar con las organizaciones sociales y religiosas que brindan asistencia. “El jefe de gobierno salió a criticar, a cuestionar a las iglesias y organizaciones que ayudan a la gente en la calle. Es una crueldad”, disparó, marcando una frontera moral respecto a cómo el Estado local debe articular con la sociedad civil frente a la crisis socioeconómica.
La parálisis de la infraestructura: el Sarmiento y Devoto como banderas
El núcleo duro del análisis técnico-político de Larreta se concentró en las obras públicas, el histórico motor de legitimación del PRO en la Ciudad. Ante la consulta de los vecinos, el exjefe de Gobierno desplegó su plan de viaducto para el Ferrocarril Sarmiento, una obra que Jorge Macri anunció pero que se encuentra totalmente paralizada.
Larreta apeló a su experiencia de gestión previa para descalificar las promesas de la actual administración, dejando una frase que retumbó en el salón: “Yo no soy Jorge Macri que anuncia 14 veces la línea F de Subte. No, no. El aplauso yo te lo agradezco cuando lo inauguremos. Guardátelo”. Con esa definición, el exalcalde no solo apuntó a la propensión al anuncio vacío de su sucesor, sino que contrastó con datos la viabilidad de su propia propuesta: un viaducto en altura que costaría 200 millones de dólares y liberaría 22 pasos a nivel a lo largo de 4 kilómetros de traza, frente a un soterramiento inviable de 1.400 millones de dólares que tildó de “costo hundido” para el cual la Ciudad jamás tendrá presupuesto.
El mismo tono escéptico tiñó el estado de la mudanza de la cárcel de Devoto. Según la reconstrucción que hizo Larreta, el proyecto en Marcos Paz quedó con un avance físico de entre el 70% y 75% al término de su mandato en diciembre de 2023. Sin embargo, denunció que tras casi tres años de la actual gestión, la obra sigue sin terminarse debido a la inacción política y la burocracia. “Si hubieran terminado la cárcel, lo primero que harían: van y la inauguran, la muestran, sacan la foto. Hasta ahora, nada de eso”, chicaneó, sugiriendo que la falta de gestión frena un logro histórico que liberaría dos tercios del predio de Devoto para espacio verde.
La memoria selectiva de las veredas rotas
El análisis crítico e independiente exige raspar el esmalte de la autocomplacencia larretista. En el intercambio con los vecinos de Monte Castro quedó claro que la memoria ciudadana no es de corto plazo y que las frustraciones del pasado siguen vigentes. Cuando Larreta apeló a la remodelación del centro comercial local como un logro de sus mesas de diálogo, una vecina le recordó de inmediato el costo colateral: “Yo cuando hiciste las veredas estaba re enojada porque quedaron muchas cosas rotas… a mí se me rompieron muchos mármoles que nunca…”.
Larreta desvió rápidamente la queja con un pragmático “no importa eso”, pero la escena ilustra el límite de su narrativa. El modelo de gestión basada en la intervención intensiva del espacio público dejó también un saldo de obras inconclusas, roturas de veredas y una asfixiante presión impositiva que los vecinos hoy continúan pagando. El exjefe de Gobierno resalta el diálogo presente, pero prefiere no ahondar en que la estructura de gastos corrientes y tasas locales que hoy “acogotan” al comercio porteño fue cimentada durante sus ocho años en la Jefatura de Gobierno.
La sutil campaña de demolición que Horacio Rodríguez Larreta ejecuta desde las sombras de los clubes de barrio introduce una cuña de incertidumbre en el frente interno de la coalición gobernante porteña. Al recoger las demandas más urgentes de la clase media y el comercio minorista —sectores clave para el electorado histórico del PRO—, el exalcalde se posiciona como una opción de repliegue técnico ante un eventual desgaste de la actual gestión.
Las variables a monitorear en los próximos meses no serán de carácter técnico, sino netamente políticas. ¿Logrará Jorge Macri quebrar la parálisis de la obra pública con la reactivación de la mudanza de la cárcel de Devoto, o la foto de la inauguración seguirá postergada? ¿Comenzará el Gobierno de la Ciudad a flexibilizar su política de clausuras y control “pelo al huevo” ante el creciente malestar de las cámaras comerciales de barrio? En un territorio donde el control de la calle y el cuidado del comercio son las llaves del poder, las discretas reuniones de Larreta demuestran que, en política, el que pone la cara y toma nota nunca termina de retirarse del todo.
