Mil días de Milei. Estaba loco en serio
¿Qué ocurre cuando la épica del equilibrio fiscal y la derrota de la inflación chocan de frente con la heladera vacía de la clase media argentina? Al cumplirse mil días de la gestión de Javier Milei, el relato oficial exhibe con orgullo el superávit financiero y la pax cambiaria como conquistas civilizatorias. Sin embargo, cuando se raspa el barniz del discurso libertario y se apela al frío rigor de las estadísticas, emerge un escenario inquietante: la estabilidad se ha edificado sobre una fenomenal transferencia de recursos, la destrucción del empleo de calidad y una asfixia crediticia que empuja a las familias a la usura digital. La pregunta de fondo que desvela a analistas y decisores políticos ya no es si el programa macroeconómico es consistente, sino cuánta presión puede soportar la estructura productiva y el tejido social antes de un colapso sistémico.
El exhaustivo informe elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), titulado “1.000 días de Milei en 10 indicadores económicos”, ofrece una autopsia numérica incontestable sobre las condiciones materiales de vida de la población y el estado del aparato industrial a septiembre de 2026. Los datos consolidados liquidan cualquier atisbo de relato propagandístico: los salarios registrados acumulan una caída real del 8,2% respecto a noviembre de 2023 (retroceso que se profundiza drásticamente al 18,5% si se calcula con la estructura de consumo actualizada de la ENGHo).
A este estrangulamiento de los ingresos se suma la destrucción de 411.613 puestos de trabajo registrados, la pérdida de 30.633 empresas empleadoras y una tasa de informalidad laboral que ya trepó al 44,2%. Con el consumo masivo en supermercados mostrando un derrumbe acumulado del 10,3% y la morosidad en billeteras virtuales rozando el 34%, los mil días de gestión configuran una transformación regresiva del mapa social argentino.
La licuación como dogma
Para descodificar la lógica de estos primeros mil días, es crucial comprender que el deterioro de los ingresos y la parálisis de la actividad no son efectos no deseados del modelo, sino las palancas fundamentales sobre las cuales se sostiene la desinflación. El Ministerio de Economía ha utilizado la paritaria del sector público, el congelamiento de las jubilaciones mínimas y la pulverización del Salario Mínimo, Vital y Móvil como anclas nominales para secar la plaza de pesos y deprimir la demanda interna.
El ensañamiento con el sector público nacional es elocuente: los salarios allí registraron una pérdida real del 37% frente a noviembre de 2023. Por su parte, el Salario Mínimo, Vital y Móvil sufrió una amputación del 40,8% de su poder adquisitivo. Al dejar de funcionar como referencia real para las negociaciones y la economía informal, el salario mínimo se transformó en un instrumento de disciplinamiento fiscal.
En el ámbito previsional, la decisión de mantener congelado el bono para los jubilados de la mínima en $70.000 durante 30 meses representa una de las omisiones más crueles de la gestión. Si el bono se hubiera actualizado por la fórmula de movilidad vigente, en septiembre de 2026 debería ser de $223.148. Este congelamiento le representa al fisco un ahorro mensual —y al jubilado una pérdida neta— de $153.148 por mes. Con esto, la jubilación mínima con bono acumula una caída real del 19,2% en comparación con el último trimestre del gobierno anterior. La intención política detrás de esta alquimia previsional es clara: presentar un equilibrio fiscal inquebrantable a costa del eslabón más débil del sistema.
El sálvese quien pueda del endeudamiento
La asfixia de los presupuestos familiares ha tenido un impacto colateral inmediato en la salud del sistema financiero. Ante la imposibilidad de llegar a fin de mes con salarios deprimidos, las familias argentinas recurrieron masivamente al endeudamiento para financiar gastos corrientes como alimentos, medicamentos y tarifas de servicios públicos. La consecuencia es un estallido sin precedentes en las tasas de morosidad.
En el sistema bancario tradicional, la irregularidad crediticia de los hogares alcanzó un 13,0% en julio de 2026, una cifra que no se registraba desde la salida de la crisis de 2001. Sin embargo, la verdadera bomba de tiempo se localiza en el segmento no financiero, dominado por los Proveedores No Financieros de Crédito (PNFC) o billeteras virtuales. En este ecosistema, donde las tasas de interés rozan niveles de usura, la morosidad saltó del 7,3% en noviembre de 2024 al 33,9% en julio de 2026, pulverizando el récord de la pandemia de Covid-19.
La irregularidad total consolidada (bancos y billeteras virtuales) ronda el 15,7%. Esto significa que casi dos de cada diez familias se encuentran en situación de rebeldía de pago, atrapadas en un laberinto financiero del cual no pueden salir debido a la destrucción de empleo de calidad. El mercado de trabajo, lejos de sanearse, se ha precarizado: la destrucción neta de 450 empleos registrados por día obligó a los desplazados a refugiarse en el cuentapropismo informal y el monotributo de subsistencia, empujando la informalidad al 44,2% en el primer trimestre de 2026.
La mentira de la lluvia de inversiones
Lo que la narrativa oficial y el Palacio de Hacienda prefieren silenciar sistemáticamente es el rotundo fracaso de las herramientas diseñadas para atraer capitales, como el RIGI y el SUPER RIGI. Bajo la premisa teórica de que la desregulación absoluta y la seguridad jurídica garantizada por el Estado atraerían dólares frescos para reactivar la economía, el Gobierno construyó su discurso de mediano plazo.
No obstante, los datos del Balance de Pagos del Banco Central revelan una realidad incómoda: desde diciembre de 2023, la Argentina registra una desinversión extranjera directa neta acumulada de USD 1.193 millones por el Mercado de Cambios. En julio de 2026, el saldo neto de inversión extranjera directa apenas arañó los USD 40 millones. Los capitales globales no están ingresando para financiar infraestructura o expandir la capacidad productiva; por el contrario, están saliendo del país o manteniéndose a la expectativa ante las dudas sobre la sostenibilidad del esquema cambiario.
La inversión real (Formación Bruta de Capital Fijo) arrastra caídas interanuales en 5 de los últimos 9 trimestres bajo análisis, registrando un dramático desplome del 11,6% en el primer trimestre de 2026. Sin inversión y con la producción industrial operando un 10,2% por debajo del promedio histórico previo, la reactivación económica se reduce a una quimera discursiva.
Al cabo de mil días, el balance de la gestión económica de Javier Milei muestra que el saneamiento de las cuentas públicas se ha pagado con un altísimo costo en el tejido social y la estructura productiva del país. Con más de 1.765.000 desocupados y una industria manufacturera que lidera la destrucción de empleo con la pérdida de 97.312 puestos registrados, la pax fiscal luce frágil y costosa.
La variable crítica a monitorear en los próximos meses será el nivel de tolerancia social frente a un estancamiento salarial que ya acumula casi un año de duración. ¿Logrará el Gobierno revertir la tendencia de desinversión extranjera mediante el RIGI antes de que el nivel de morosidad crediticia e informalidad asfixie por completo el consumo minorista? El tiempo de las promesas de campaña ha quedado atrás; ahora son los números fríos de la realidad los que interpelan la viabilidad del experimento libertario.
