Debate sobre consumos en la Legislatura

La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires abrió sus puertas para abordar una problemática que se cuela en las casas y oficinas porteñas: los consumos problemáticos. En un encuentro que reunió a especialistas, funcionarios y trabajadores en el Salón Montevideo, se buscó desmitificar creencias sobre el alcoholismo y la drogadicción, incorporando además el uso excesivo de pantallas como un desafío central de la vida cotidiana actual. La iniciativa, impulsada por la Subsecretaría de Planificación Administrativa y el Servicio de Salud y Asistencia Social (SSAS), se presentó como un espacio de diálogo para construir herramientas de prevención con una mirada comunitaria.
El eje de la jornada estuvo puesto en cambiar el foco de la discusión tradicional. El facilitador Leandro Sabatino, encargado de guiar la charla, propuso un abordaje que ponga a la persona por encima del objeto de consumo. Según explicó el especialista, es fundamental “abordar estas temáticas desde una perspectiva centrada en las personas, sus contextos y sus vínculos, evitando juicios de valor y miradas estigmatizantes”. Esta perspectiva resulta clave para el vecino o el trabajador que muchas veces se siente aislado frente a una situación de adicción o uso compulsivo, ya que traslada el problema de un ámbito meramente individual a uno de salud social y vínculos cercanos.
La presencia de figuras de distintos sectores, como el secretario administrativo Christian Gribaudo y representantes gremiales de SUTECBA y UPCN, subraya que la problemática no distingue jerarquías ni sectores. Para el trabajador de la Ciudad, que el debate se dé en estos términos implica un reconocimiento de que las presiones del entorno pueden derivar en conductas de riesgo. Al respecto, Gribaudo remarcó: “queremos que este encuentro sea el puntapié inicial para seguir construyendo desde la Legislatura espacios de trabajo y conversación que permitan abordar estos problemas de manera colectiva”. La mención a lo “colectivo” no es menor: busca romper con la idea de que estos temas son “cuestiones aisladas”, entendiendo que son situaciones que atraviesan a la sociedad en su conjunto.
Uno de los puntos más innovadores de la charla fue la inclusión de las pantallas en el radar de los consumos problemáticos. En una ciudad hiperconectada como Buenos Aires, el uso excesivo de dispositivos móviles y redes sociales ya no se ve solo como un hábito, sino como una conducta que requiere herramientas de prevención similares a las de sustancias más tradicionales. La actividad propició que los asistentes tomaran la palabra, planteando inquietudes y opiniones que ayudan a construir una comprensión “más amplia, actual y libre de prejuicios” sobre lo que significa hoy estar atrapado en un consumo.
Hacia adelante, el desafío de la gestión será transformar estas reflexiones en políticas de acompañamiento concretas y permanentes dentro del ámbito público y vecinal. El éxito de este “puntapié inicial” dependerá de que la desmitificación de conceptos arraigados permita que más personas se animen a pedir ayuda sin temor al señalamiento social. Mientras la Legislatura intenta consolidar estos espacios de trabajo, para el vecino queda la invitación a revisar sus propios consumos y entender que la salida, en la mayoría de los casos, se construye en conjunto con el otro.
Se consideran consumos problemáticos a todos aquellos consumos que —ya sea por su frecuencia, su cantidad o la propia naturaleza de la sustancia u objeto— afectan negativamente, de forma recurrente, la salud física o psíquica de una persona, así como sus relaciones sociales.
Un consumo se vuelve problemático cuando empieza a interferir en la vida cotidiana del individuo: en su trabajo, sus estudios, sus relaciones familiares, afectivas o con la ley.
¿Qué tipo de consumos pueden ser problemáticos?
A menudo se asocian únicamente con las drogas ilegales, pero el concepto es mucho más amplio e incluye:
- Sustancias legales: El alcohol, el tabaco, los psicofármacos (medicamentos recetados como tranquilizantes o analgésicos tomados sin control médico) o las bebidas energizantes.
- Sustancias ilegales: Cocaína, marihuana, éxtasis, heroína, sintéticas, entre otras.
- Comportamientos o conductas (adicciones comportamentales): El juego de azar (ludopatía), el uso compulsivo de la tecnología (pantallas, redes sociales, videojuegos), las compras compulsivas, la comida o el ejercicio físico extremo.
¿Cuándo un consumo se transforma en problemático?
No todo consumo es igual. El consumo problemático no se define necesariamente por “tomar o hacer algo una vez”, sino por la relación que la persona establece con eso. Se puede identificar a través de diferentes niveles de gravedad:
- Uso: Un consumo esporádico donde no se presentan consecuencias negativas aparentes.
- Abuso: Cuando el consumo empieza a ser frecuente y comienzan a aparecer problemas (discusiones familiares, faltar al trabajo, resacas recurrentes, conductas de riesgo como conducir bajo los efectos de una sustancia).
- Dependencia (o Adicción): Es el nivel más complejo. La persona siente una necesidad irrefrenable (compulsión) de consumir o realizar la conducta. Aparece la tolerancia (cada vez necesita más cantidad para lograr el mismo efecto) y el síndrome de abstinencia (malestar físico y psicológico si se interrumpe el consumo).
Principales señales de alerta
Se considera que una persona está atravesando un consumo problemático si presenta algunos de estos indicadores:
- Pérdida de control: Intentar dejar de consumir o reducir el tiempo dedicado a una actividad y no poder lograrlo.
- Abandono de intereses: Dejar de lado pasatiempos, actividades sociales o responsabilidades para dedicar ese tiempo al consumo.
- Cambios en el comportamiento: Irritabilidad, aislamiento, cambios bruscos de humor, mentiras para ocultar el consumo o gasto excesivo de dinero.
- Continuidad a pesar del daño: Seguir consumiendo aun sabiendo que está causando un daño médico, psicológico o problemas con los seres queridos.
Nota importante: El consumo problemático no debe ser visto como un problema moral o de “falta de voluntad”, sino como un problema de salud pública y de salud mental. Requiere un abordaje integral, empático y, en muchos casos, el acompañamiento de profesionales de la salud (psicólogos, médicos, trabajadores sociales).
