Puntos porteños

El locro del Parque Avellaneda

La ciudad tiene rincones donde el 25 de mayo no es solo una escarapela en el pecho, sino un plato caliente que llega para rescatar a los que el sistema decidió ignorar. En Parque Avellaneda, la fiesta patria tuvo este año un sabor agridulce, marcado por la resistencia de un grupo de coordinadoras que se niegan a aceptar que el hambre sea la única moneda de cambio en las calles porteñas. Ángeles Coppola, integrante de la feria y una de las voces detrás de esta iniciativa, habla con esa honestidad brutal que desnuda la realidad: “Nosotros no hacemos una olla común que le ponen lentejas, fideos y todo eso. Nosotros hacemos una re-olla, como si la cocináramos en casa para nuestra familia”.

La historia de esta olla popular no nació de un subsidio, sino del bolsillo de las propias feriantes, quienes hasta el año pasado lograban sostener el ritual cada fin de semana. Pero en este 2026, la realidad económica les impuso un límite feroz; los costos se triplicaron y la frecuencia de la ayuda tuvo que ceder ante la falta de presupuesto. Coppola explica que, ante este escenario, decidieron concentrar sus fuerzas en las fechas patrias para ofrecer algo más que supervivencia: “A principios de este año se nos encareció un montón… propusimos de hacerlo el 25 de mayo, o sea el locro, como para esa gente que nunca había probado un locro y para festejar la fecha patria con todos ellos”. Para ellas, cocinar con amor es una forma de defender una trinchera frente a la indiferencia.

En esta crónica de la carencia, la solidaridad aparece en formas concretas, lejos del ruido de la política partidaria. El “Turco” García, exjugador y figura siempre presente en el barrio, se sumó no solo para servir, sino para aportar el pan y gestos que rompen la lógica del descarte. Coppola recuerda cómo el Turco, al ver a un señor muy mayor que no lograba vender sus churros, le compró toda la mercadería para repartirla entre la gente de la feria: “Fue algo muy lindo… el Turco es un genio, es muy colaborador, es muy buena persona”. Esa calidez humana resalta aún más cuando se la contrasta con la calidad de lo que el Estado a veces decide entregar: “Nos ha donado el gobierno fideos re-contra, re-pedorros, que los metes en el agua y se desarman todo. No se le puede dar eso a la gente”.

Lo más desgarrador de este laboratorio social que es la calle es ver a quienes ya no tienen tiempo para esperar. La olla de Parque Avellaneda se convirtió en el refugio de jubilados que intentan estirar lo que no alcanza. “Hay mucha gente grande, muchos jubilados, que vienen con su tuppercito y nos dicen ‘¿no me llenas el tupper, así podemos comer dos veces?’. Y sí, y te llena el alma y lloras, no?”, confiesa Coppola, con la voz de quien transmite con potencia una verdad que muchos prefieren no escuchar. Mientras esperan que aparezcan más colaboradores para volver a encender el fuego cada domingo, estas mujeres siguen demostrando que, en tiempos de escasez, la dignidad no se negocia ni se desarma como esos fideos de mala calidad.

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